Demos Frutos Dulces Y no Agrios y Secos

La primera lectura de este domingo es un canto a la bondad de Dios y, sobre todo, al amor del Padre a la libertad de sus hijos. El profeta Isaías alaba, por eso, la creación de Dios, la viña fértil donde se darán los racimos de uvas dulces. Se tendrá los frutos y las obras buenas de los hombres. Pero el resultado, lamentablemente, no fue el esperado. Las uvas cosechadas fueron agrias, – no dice la Escritura. Y, sin embargo, el Señor esperaba siempre de los viñadores que obraran con justicia. Pero ellos, en cambio, cometieron iniquidades. Dios esperaba justicia y sólo se oyeren reclamaciones. ¿No es esa, acaso, nuestra reacción sobre lo que nos pasa en nuestra vida? ¿No reaccionamos negativamente hacia los problemas y tragedias reclamando agriamente a Dios mas justicia sin siquiera notar las bendiciones que recibimos y las bondades que nos rodean?

La parábola de los viñadores infieles del Evangelio de San Mateo de hoy es, precisamente, un ejemplo de ese desagradecimiento y rechazo a la libertad y la felicidad que Dios nos ofrece. San Mateo nos cuenta en este pasaje que Jesús, rodeado de fariseos a los que estaba contando parábolas, relata un evento que tenia lugar en una viña precioso, llena de bellas posibilidades. Y luego, la parábola nos cuenta, que el propietario “se fue de viaje,” dejando a los administradores para que sacaran los mejores frutos. En una palabra, trabajasen y responsan, mas tarde, de su trabajo. Pero ocurre algo impensable: uno de los viñadores, encargados de la viña, mata a un enviado del propietario. Pero no solo eso; otros enviados del propietario también corren la misma suerte. El propietario, alarmado de la situación, envía a su hijo, en la creencia de que por ser su heredero lo van a respetar. Vana esperanza. El heredero es asesinado. Los viñadores creen así ser lo únicos dueños de la viña.

Muerto el heredero, la tierra es nuestra. Si Dios no existe, todo estaría permitido – parecerían repetir los viñadores infieles. ¿No es acaso esa, una actitud de orgullo ciego que rechaza a Dios y de creer que nos bastamos a nosotros mismos para ser felices. Pero la verdad es muy diferente. Es la fidelidad a la verdad de la Iglesia, fundada en Pedro, la base de la felicidad y la libertad. Pero, también, somos responsables de ese regalo de fe. Cristo nos espera siempre y lo hace, esperando que, de nuestra parte, también “le demos los frutos” esperados. Que el fruto de nuestras vidas sea, entonces, uvas sabrosas y dulces y no agrias y secas. Seamos, entonces, viñadores fieles y no los homicidas que, al ver la esterilidad de su trabajo, rechazan, ignoran, o matan a Dios con la indiferencia y con los pecados de orgullo y de soberbia.

Mario Ramos-Reyes, M.T.S., es un profesor adjunto del Instituto Obispo Helmsing.

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Sunday
April 30, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph