El Templo Andante de Jesús

Una de las características que me apasionó de Jesús desde que comencé mi preparación hacia el Sacerdocio es su celo apostólico y su pasión por entregarse desmedidamente a cumplir la voluntad de su Padre. La primera parte del evangelio de hoy nos narra su enojo por ver la falta de devoción de los vendedores y cambistas en el templo de Jerusalén. Él sabe que aquel lugar es para dar adoración y gloria a Dios y que no existe posibilidad alguna de darle culto a Dios y al mismo tiempo darle culto a otros intereses que ponen en peligro nuestra relación con él y que pueden incluso llegar a ocupar el lugar que le corresponde sólo a Él.

Su celo pastoral y su identidad religiosa le motivaban siempre a estar en comunión constante con Dios y a dar siempre ese ejemplo de coherencia en el contemplar y trabajar, en el enseñar y testimoniar, en el predicar y ejemplificar. No podía nunca ir en contra de aquello que su conciencia le dictaba como voluntad divina porque sabía que cumplir con los mandatos de su Padre implicaba ir en contra de todo lo que usurpaba la verdadera vivencia religiosa y derrocar todo aquello que solo se convertía en obstáculo para encontrarte profundamente con ese Dios que transforma todo lo que consagra para él y que por ello mismo le pertenece.

Al expulsar a esta gente del templo y liberar a los animales que eran vendidos para ser sacrificados, nos quiere mostrar que todo esto ya no tiene sentido, y que él es la verdadera víctima que debe ser sacrificada, el único cordero capaz de borrar el pecado del mundo y hacer posible la reconciliación entre el creador y su creación, entre Dios Padre y todos nosotros sus hijos. Todo esto acontece en la proximidad de la Pascua, lo que nos indica que él es el único Cordero Pascual que puede agradar a Dios y liberarnos de la esclavitud del mal. Él es la víctima que expiará nuestros pecados y resucitará tres días después para manifestarnos la vida en plenitud que conquista para nosotros.

En este ambiente especial de Cuaresma somos llamados a purificar nuestro corazón, ya que como dice San Pablo “Ustedes son Templo del Espíritu Santo” (1ª Cor 6,19) y por lo tanto, mientras avanzamos en este tiempo de Gracia estamos invitados a expulsar con coraje, valor, paciencia, radicalidad y perseverancia todo aquellos sentimientos, costumbres y apegos que se anteponen y obstaculizan que la Gracia de Dios se haga presente y se irradie a través de nosotros. En este sentido, Jesús es nuestro ejemplo. No podemos servir a dos amos porque estaremos engañándonos a nosotros mismos y nunca podremos experimentar a cabalidad las maravillas de Dios preparadas para toda la humanidad.

Una de las maneras de disfrutar de las gracias del Señor es cumpliendo con amor sus mandamientos porque en ellos descubrimos que el verdadero culto a Dios conlleva un modo particular de comportarse. Tal y como nos enseña Jesús con su vida y obras, el culto y la vida diaria no son dos realidades distintas sino que están en estrecha relación y tienen como fuente común, la Fe que como regalo divino se implantó en nuestro corazón el día de nuestro Bautismo.

En este Tercer Domingo de Cuaresma pidámosle a Jesús que nos enseñe como unir los frutos de la alabanza que le damos a nuestra convivencia diaria. Que sea Él quien nos arrastre con su testimonio a poner de manifiesto la alegría, el amor, el perdón y el servicio hacia los demás como resultado de ese encuentro que Domingo a Domingo tenemos con Él en la Santa Eucaristía. En el amor y la paz de Cristo.

 

Por Diácono Darvin Salazar, Parroquia de Santa María, Independence, MO

 

 

 

 

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Sunday
October 22, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph