‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia’

Durante este mes, celebramos el misterio central de nuestra fe: La muerte y resurrección de Jesús; y en el recuento de este original suceso, vienen a mi mente ciertas muletillas teológicas utilizadas por variados predicadores de viernes santo (en algunas ocasiones, yo también las he mencionado): Jesús murió por nuestra redención, Jesús fue escarnecido en la cruz para saldar la deuda de nuestro pecado. A través de estas fórmulas, pueden suscitarse varios malentendidos, que es preciso aclarar; intentaré hacerlo de una forma sencilla.

No demos pasar por alto que no es Dios quien pincha el aguijón para la crucifixión, hubo razones históricas concretas que la motivaron. Jesús, no fue ni un iluso ni un kamikaze (suicida, terrorista) seguramente previó seriamente la posibilidad de una muerte violenta: su mensaje y actitud estimularon resistencia y espinas en los sectores más poderosos de aquel tiempo. Con todo, nada altera su actuación, no esquiva la muerte, no arranca el escape, tampoco la busca como un suicida, se mantiene coherente con lo que ha dicho y realizado.

No obstante, durante algún tiempo se olvidaron estas razones, y comenzó a comprenderse la muerte de Jesús como una operación financiera entre Él y el Padre, para lograr bursátilmente la salvación de la humanidad; una especie de obligación bancaria que exige que el Hijo se entregue a la muerte para saldar la deuda infinita (deuda externa) que nosotros los hombres no podemos pagar (seres subdesarrollados).

Esta manera de abordar este acontecimiento busca interpretar el contenido del mismo, pero, cuando se habla de forma distraída y parcial puede proponerse la idea de un Dios que reclama el sufrimiento antes que la de un Dios que perdona. Esta imagen pervertida ya no sería la del Padre que está dispuesto a perdonar sino la de un prestamista despiadado y justiciero que no salva si anticipadamente no se repara su dignidad y honor. Al tiempo se crea un tipo de resignación cruda y rastrera, que nos hace presa de la melancolía y el conformismo.

¡Atención! la crucifixión no es algo que el Padre provoca para que quede reparado su orgullo y fama, sino un crimen injusto que los hombres cometen rechazando a su hijo y que lo hacen porque sienten que su poder y sus intereses están en peligro. Si Jesús muere en la cruz no es porque así lo exige un Dios que busca una víctima, sino porque Dios se mantiene firme en su amor infinito a los hombres, incluso, cuando estos le matan a su hijo amado.

No es Dios el que busca la muerte y destrucción de alguien, y menos la de Jesús. Son los seres humanos los que destruyen y matan. Dios solo podría evitarlo destruyendo la libertad de los hombres, pero no lo hará porque ama y respeta a sus criaturas. Que la celebración de esta semana santa, nos permita aceptar la existencia de un Dios que es amor y no la idea satánica de un Dios brutal y sanguinario, al tiempo, podamos reconocer las consecuencias de la injusticia causadas por nosotros mismos. La experiencia de la pasión de Jesús en la cruz, debe hacernos pensar que hay que asumir que lo negativo puede tener un sentido positivo, que ningún escenario tiene por qué ser eternamente absurdo, que es posible descubrir al ser humano y a Dios no sólo en el los laureles y en primavera, sino también en el árbol marchito y en invierno.

Lo anterior supone que cada ser humano no debe volverse un idólatra y vulgar defensor de la tristeza, apadrinando una condición tibia, propia de los medrosos y tramposos, sino que exige indignación ante la miseria existente, reparo contra la injusticia, el hambre y la violencia; supone en una sola idea: bajar a los crucificados de la historia y no causar más crucifixiones.

Por Jorge Andrés Moreno, Seminarista de la Diócesis de Kansas City-St. Joseph

 

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Monday
August 21, 2017
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