¡Felices Pascuas de Resurrección!

Durante cuarenta días estuvimos preparando nuestra vida espiritual y nuestro corazón para el gran acontecimiento de la Pascua. Hoy celebramos la Resurrección del Señor y el júbilo que provoca dicha solemnidad es inexplicable porque nuevamente celebramos la razón de nuestra Fe, celebramos a Cristo Hijo de Dios vivo que venciendo el poder de la muerte y la esclavitud del pecado nos hizo libres para seguir caminando hacia el encuentro definitivo con nuestro Padre Dios.

Hoy podemos hacer una evaluación de la experiencia obtenida durante la Santa Cuaresma. Para algunos fue fácil y para otros difícil cumplir con las promesas que se hicieron a sí mismos el Miércoles de Ceniza, se comprometieron a renunciar a algo como sacrificio ofrecido a Dios durante los 40 días sacrificio, ayuno y oración. Hoy día de júbilo podemos de manera brevemente retrospectiva ver cuán fieles fuimos a esas promesas o que tanto se nos dificultó dicho tiempo de gracia.

Conmemorando la Resurrección del Señor recordamos que Dios nos creó no para la muerte sino para heredar la vida eterna. Con el Sacrificio ofrecido por el mismo Cristo no hay ya obstáculo que nos impida llegar a la gloria del Padre; basta que nosotros nos lo propongamos como meta última y como deseo supremo de realización plena en la vida de Dios.

Celebramos el poder del Padre que ha hecho resucitar a su Hijo de la muerte, y al mismo tiempo celebramos también nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte que imponían dominio sobre nuestra vida pero que ahora no ejercen más señorío porque nuestro único Señor y Salvador ha demostrado su poder, gloria y majestad derrotando a las fuerzas del mal.

En la Resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar? Todo lo que nos queda por hacer es vivir de acuerdo a sus enseñanzas, sin olvidar que él estará con nosotros todos los días de nuestra vida siendo parte de nuestro peregrinaje hacia la vida eterna.

Como los apóstoles testigos de la Resurrección, ahora somos nosotros los encargados de ir y comunicar a nuestros semejantes que Dios está vivo y que su poder es eterno como eterno es su amor por la humanidad a la cual ha rescatado y lavado con el precio de su sangre, la ha edificado y la ha sumergido en la Gracia permanente de su luz.

Cualquier enfermad y sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que estaremos gozando con Dios para siempre.

Al entrar a la Iglesia y ver un cirio encendido, hay que recordar que es el símbolo de Jesús resucitado, representa la presencia viva de Jesús con nosotros y como fieles discípulos suyos sigamos siendo luz para los demás. Contagiemos la paz, la alegría y la esperanza de ser seguidores de un Dios vivo ante el cual toda rodilla debe doblarse en el cielo y en la tierra.

Que Cristo Resucitado continúe siendo nuestro ejemplo de vida y nuestra fortaleza para seguir siendo mensajeros de alegría y esperanza con un corazón inundado de esa nueva vida que él ha adquirido para nosotros.

Por Diácono Darvin Salazar, Saint Mary Parish, Independence MO

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Tuesday
May 23, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph