Jesús el Cordero de Dios

Los Cristianos Católicos nos reunimos en torno a la mesa del altar a celebrar la eucaristía en el nombre de Jesús. Lo hacemos siempre por su encargo, para hacer memoria de Jesús y recordar lo que Jesús hizo y nos invitó a hacer hasta el fin de los tiempos. Y lo que hizo Jesús lo sabemos muy bien. Jesús, la noche antes de padecer, quiso reunirse con sus discípulos para compartir con ellos la cena pascual, como nos lo recordaba San Marcos en el evangelio. Todos los judíos lo hacían en las mismas fechas todos los años para dar gracias, que eso significa Eucaristía, por el inmenso beneficio de la liberación de la esclavitud de Egipto. Luego fueron acumulando otros agradecimientos, como la liberación del destierro de Babilonia y la repatriación consiguiente. Pero aquella noche, aquel jueves santo por la noche, Jesús cambió el símbolo y lo simbolizado. En adelante ya no será el cordero pascual, sino el Cordero de Dios, el pan y el vino, el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y nuestra cena, nuestra eucaristía, no será una acción de gracias por esta o aquella liberación, sino por la liberación total, por todas las luchas de todos los hombres por alcanzar la libertad, y en definitiva, por la liberación radical incluso de la muerte. Porque hacemos memoria de la Pasión y muerte del Señor, presagiada sacramentalmente en el pan y el vino, pero también de su resurrección, con la que consumó al día siguiente el realismo sangrante de su cuerpo machacado por los golpes y de su sangre derramada hasta la última gota en el leño de la cruz. Jesús no se conformó con anunciar su sacrificio en aquella eucaristía del jueves santo, sino que lo llevó hasta el extremo del mayor realismo, entregando su cuerpo y sangre hasta la muerte de cruz.

Desde aquel día, todos los domingos celebramos fielmente la misa en memoria y para cumplir el encargo de Jesús. Pero, si celebramos la misa en su memoria, no siempre parecemos tener buena memoria de lo que Jesús nos encomendó. Y así nuestra fidelidad en repetir el gesto de Jesús del jueves santo se contradice frecuentemente con nuestro retraimiento en llevar a la práctica y a la realidad de la vida todo lo que hizo y nos encomendó Jesús. Nos quedamos en el rito, en el jueves santo, pero no llegamos al viernes santo, no acabamos de pasar del rito a la vida, del sacramento a lo simbolizado, de la comunión como gesto a la comunicación de bienes como exigencia cristiana. Celebramos el amor de Dios, que nos amó hasta la muerte, pero no hacemos del amor de Dios un modelo para nuestro amor al prójimo. Y así celebramos la memoria de Jesús, pero estamos perdiendo su memoria, olvidando su lección y su ejemplo, por más que repitamos sus gestos y aun sus palabras.

Asistimos puntualmente a misa todos los domingos y fiestas de guardar; pero ocurre que nos perdemos de la misa la mitad, reduciendo a buenas acciones lo que debería ser una acción buena, real y operativa. No es, pues, de extrañar que la memoria de Jesús esté quedando en saco roto y que la misa se vaya convirtiendo en un gesto trivial e insignificante, incomprensible para los que nos observan e incomprendido por nosotros mismos, pues nos enredamos en el rito, en la obligación formal, en la rutina semanal. Y de esta guisa estamos a punto de olvidar la dimensión comprometedora de la Eucaristía. Pues si comulgamos a Jesús, al recibir su cuerpo y sangre en el sacramento, no comulgamos con Jesús y tratamos de desentendernos de nuestro prójimo. Al contrario de las enseñanzas del Señor, nosotros, como el sacerdote y el levita denunciados por Jesús en la parábola, dejamos a los hermanos por acercarnos a presentar la ofrenda, en vez de, como dice Jesús, dejar la ofrenda en el altar para correr al encuentro del hermano y reconciliarnos con él.

Hay cosas que no deberíamos olvidar nunca los cristianos. Sacramento de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad; pero, de otra, es siempre un imperativo, una exigencia para hacer operativa nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Por eso, cuando finaliza el rito, comienza la realidad en la vida; cuando termina la reunión eclesial, debe comenzar nuestro compromiso cristiano; cuando termina la misa, debe recomenzar la misión.

Por Jorge Andrés Moreno, seminarista de la diócesis de Kansas City-St. Joseph

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Tuesday
November 21, 2017
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