El amor de Jesús y nuestro discipulado

Salazar_box_SPCelebramos hoy el Quinto Domingo del Tiempo de Pascua, es una ocasión maravillosa para meditar acerca del amor y la paz que nos ofrece nuestro hermano y maestro Jesús. Si nosotros le amamos de verdad y guardamos su palabra, es decir, si le amamos con obras, entonces nos amará y vendrá a nosotros, y desde ahí se manifestará al mundo. Jesús quiere manifestarse a los demás a través de nosotros: a través de nuestra vida cristiana, con el ejemplo de las obras que reflejen el amor que le tenemos. Por tanto, santidad y apostolado son dos caras de la misma moneda.

En nuestro discipulado entonces, debemos permitir que Él actúe en nosotros: que esté en nuestra alma en gracia; que le amemos y guardemos su palabra. Entonces se repetirán los milagros que hizo en los aquellos tiempos: ¡cuántas personas podrían mejorar espiritualmente, si los cristianos fuéramos consecuentes con nuestra fe! Cuán mejor sería nuestro mundo si nuestra actitud y comportamiento fuese un poquito distinto.

¡Qué responsabilidad tan grande la nuestra! Si no le amamos como nos pide, si sólo buscamos nuestro interés, si nos dejamos llevar egoístamente de lo que nos apetece o nos preocupa, entonces nos quedamos fuera. De alguna manera, estamos haciendo inútil la redención.

Fruto del amor de Jesús en nuestra vida es La paz. Pero, ¿cuál es esa paz? Jesús nos da la respuesta y dice “No os la doy como os la da el mundo.” No es ausencia de dolor o ausencia de sacrificio.

Es darse cuenta de que vale la pena cualquier esfuerzo si se hace por amor. Su paz consiste en buscar la felicidad en el amor, que es darse, y no en el egoísmo, que es buscarse a sí mismo. Si ponemos nuestra felicidad en amar a Dios, ¿qué nos va a acobardar, qué nos va a quitar la paz?

Si nos damos cuenta de que somos hijos de Dios, si ponemos nuestra confianza en Él es porque sabemos que nos quiere y se preocupa de nosotros, ¿qué dificultad no podremos superar? Pero a veces queremos conseguir la paz a base de equilibrios: contentar un poco a todo el mundo, a Jesús y a nuestros gustos, caprichos y egoísmos.

Y ese equilibrio es inestable, y se acaba rompiendo una y otra vez. Luchamos poco y acabamos no haciendo su voluntad sino la nuestra. Y si nos damos cuenta, esto nos ocurre porque no le queremos de veras, porque nos da miedo darnos más, porque creemos que si nos olvidamos de nosotros -de nuestras comodidades y nuestros gustos, de nuestras inclinaciones, de nuestras necesidades, de nuestro tiempo- perderemos la paz y la alegría.

En el fondo, nos falta fortaleza para exigirnos y no acabar justificándonos con cualquier excusa. Jesús nos ha dado una paz distinta, una paz que requiere lucha contra uno mismo, esfuerzo, sacrificio. La paz, la felicidad y el amor que nos da Cristo son mucho más profundos y estables, pues no se apoyan en las circunstancias externas siempre cambiantes, sino en hacer la voluntad de Dios, que es quien sabe lo que más nos conviene en cada momento.

“Señor, ayúdanos a que también nosotros podamos decir: El mundo debe conocer que amo al Padre y que obro tal como me ordenó. Jesús, queremos amarte; queremos que puedas contar con nosotros para mostrarte a los demás.”

 

Por Padre Darvin Salazar, Pastor asociado de la parroquia de Nuestra Señora de la Presentación

 

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Sunday
December 11, 2016
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph