¿Las parábolas del evangelio? ¿Son para mí?

Escrito por Norma T. Molina

Este pasado domingo decimosexto del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos propuso un evangelio un poco largo, con dos parábolas sobre el Reino de los Cielos: la de la cizaña y la del grano de mostaza y de la levadura; además incluye la explicación de la parábola de la cizaña. En este orden es como lo expone san Mateo 13, 23-43. Comparto con ustedes algunas reflexiones propias y una pequeña explicación de estas parábolas tomado de la Biblia de la Universidad de Navarra. Se nos dice que el Señor se vale de las parábolas para poder revelar el misterio oculto del Reino; por otra parte, también son un reclamo a la responsabilidad personal, y quien no está dispuesto a escuchar y entender, se queda sólo en la anécdota. Por eso se nos dice al concluir el evangelio de este pasado domingo: “quien tenga oídos que oiga” (v. 43).

La parábola de la cizaña complementa a la del sembrador, aunque en un sentido distinto. El Señor siembra la palabra, pero también el diablo (v. 39) siembra sus asechanzas y obtiene fruto en algunos hombres. Pasa en vida de Jesús, donde su predicación del Reino encuentra la oposición que Satanás ha sembrado, y pasará en la vida de la Iglesia, ya que es inevitable que los hijos de Dios convivan con los hijos del maligno (v. 38): el mal y el bien coexisten y se desarrollan a lo largo de la historia. La Iglesia y sus hijos muchas veces suelen ser heridos por el maligno, como lo hemos visto a través de la historia en la vida de los hombres y mujeres de fe del Antiguo Testamento y también en los apóstoles, y sus discípulos, en los santos y mártires. Pero también lo opuesto es verdad, el bien es capaz de transformar el mal que existe en el mundo; el bien vence el mal.

La enseñanza de Jesús versa sobre la paciencia: como no es fácil distinguir entre el trigo y la cizaña hasta que no aparece la espiga granada (v. 26), tampoco a veces es fácil separar el bien y el mal. Pero al final, Cristo -Hijo del Hombre triunfante- juzgará a todos y dará a cada uno su merecido.

En la Iglesia y en nuestro ambiente familiar o social más cercano, a veces somos prestos a juzgar, a clasificar, a apartar aquí a los buenos y allí a los malos, y no tomamos en cuenta que dentro de cada uno de nosotros hay trigo y también cizaña; ninguno de nosotros somos perfectos, todos hemos pecado, y esto debería quitarnos la costumbre de señalar con el dedo a los demás. Nos dice el salmista, “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas” (Salmo 103, 8-10). Es decir, el Señor nos llama a la reconciliación, a la paciencia, a la esperanza, a la rectitud de vida y a la confianza en Él y su acción salvífica, porque al final, el mal será eliminado: cuando llegue la siega. Y todos seremos juzgados con la misma medida con que nosotros lo hacemos.

La invitación a la paciencia y a la esperanza se alimenta con las parábolas del grano de mostaza y de la levadura (vv. 31-33). La primera es una imagen agrícola, y la segunda, doméstica. Las dos inciden sobre lo desproporcionado del resultado final con la pequeñez de los comienzos: el grano de mostaza es proverbial por su pequeñez, pero se convierte en el árbol frondoso anunciado por Ezequiel (Ez 17,22-24) para representar el Reino de Dios, un poco de levadura es capaz de hacer fermentar una masa muy grande. Así han sido los comienzos de las obras buenas en la Iglesia, muy pequeñitas, que se han convertido muchas veces gigantescas. La levadura es también figura del cristiano. Viviendo en medio del mundo, sin desnaturalizarse, el cristiano gana con su ejemplo y su palabra las almas para el Señor. Escuchaba la homilía de mi párroco este fin de semana, en la cual daba un ejemplo particular sobre la levadura, y decía, que miráramos como la vida de personas tan pequeñitas, una monjita bajita de estatura, de un país lejano -Albania- había tocado, impactado e inspirado la vida de miles, y probablemente de millones de personas en este mundo, haciendo el bien, y cuidando de los más pobres, refiriéndose a Madre (Santa) Teresa de Calcuta.

Nuestra misión, es ser levadura en el mundo, levadura que levanta la masa. Nuestra tarea, la del grano de mostaza que, a pesar de su insignificancia (como la nuestra), crece y crece hasta convertirse en un gran árbol. Lo vemos a través de la historia de la salvación, y a través del ejemplo de virtud heroica que nos han dejado los santos y mártires de la Iglesia. San Pedro nos exhorta: “Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables, y considerad que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación” (2 Pe 3,14-15). ¡No es poca tarea la que se nos encomienda!

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Thursday
August 17, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph