¿La Transfiguración de Jesús?

Por Norma T. Molina

Este pasado domingo, 6 de agosto, celebramos en la Iglesia la fiesta de la Transfiguración del Señor. Este pasaje tomado del evangelio según san Mateo (17, 1-9), es muy peculiar. ¿En qué sentido? Yo diría, en que nos puede dejar preguntándonos, ¿Y esto, que tiene que ver conmigo? Este pasaje es un poco raro a la imaginación, porque describe una visión que presenta imágenes y encuentros escatológicos, es decir, del más allá, de la ultratumba, y por lo tanto, podemos quedar pensándonos, “no entendí nada”.

La exégesis (interpretación) bíblica nos puede dar una explicación extensa de lo que significa este texto. Sin embargo, en vez, quisiera compartir con ustedes algunas ideas para reflexionar acerca de nuestra propia vida y nuestra relación con Dios.

Recordemos como comienza el texto: “En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él. Pedro, entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: ¡Señor, que bien se está aquí!”

Fijémonos en algunas cosas: Jesús le muestra cosas profundas, íntimas e importantísimas para iluminar el camino de la vida presente y la futura, a aquellos que Él considera sus más allegados e íntimos amigos. En este caso, a Pedro, Santiago y Juan. ¡Qué privilegiados fueron! Está no fue una visión que el Señor le mostró a los doce apóstoles, sino sólo a estos tres. Pero con el privilegio, con el regalo, con el don, también viene la responsabilidad, es decir, la tarea. Jesús se muestra glorioso, resplandeciente, con vestiduras blancas, manifestando características propias de su divinidad, es decir, su santidad, su pureza, su gloria. A la misma vez, se hacen presente en esta visión dos amigos de Dios, que vivieron en la antigua alianza. En otras palabras, esta es una visión de un encuentro entre amigos. San Juan nos dice en su evangelio que Jesús “ya no nos llama siervos, sino amigos”. Dios quiere compartir con nosotros su amor y su amistad. Y desea que también nosotros nos dejemos trasfigurar, nos dejemos transformar, para que llegada la hora de nuestra partida hacia la casa del Padre, podamos poseer ese sitio que el mismo Señor nos ha preparado, ya que Él desea, que, donde está Él, también estemos nosotros. Por eso al inicio del capítulo 14 del evangelio de san Juan, el Señor les dice a sus discípulos que no se turben sus corazones porque Él va a prepararnos una morada, una mansión en la casa de su Padre. Dice San Anastasio de Sinaí: “Hoy, en efecto, el Señor se ha manifestado verdaderamente en la montaña. Hoy la naturaleza humana, creada al principio a imagen de Dios, pero oscurecida por las figuras deformantes de los ídolos, ha sido trasfigurada en la antigua belleza del hombre creado a imagen y semejanza de Dios”. Es decir, con su Transfiguración, el Señor nos quiere enseñar, que para que nosotros podamos morar felizmente y en la gloria y la eternidad con él, hemos de renunciar al pecado y a toda mancha y secuela del pecado en nosotros, a todo aquello que nos ha desfigurado, y dejar que Dios transforme nuestra vida con su gracia, para que también nosotros seamos esas imágenes nuevas del hombre nuevo transformado por la gracia del bautismo y en camino hacia la vida eterna. Dios quiere que también nosotros estemos iluminados, resplandecientes, con vestiduras blancas, llenos de virtud y santidad, y así podremos decir, como Pedro: ¡Qué bien se está aquí, Señor! Porque el que vive en la gracia de Dios y en amistad con Dios, vive contemplando la gloria de la Santísima Trinidad, y no puede sino exclamar esta frase, una y otra vez: ¡Qué bien se está contigo, Señor! o

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Thursday
October 19, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph