“La práctica de la fraternidad, la potestad de los pastores y la oración común”

Por Norma T. Molina

El pasaje del evangelio de este pasado domingo vigésimo tercero del Tiempo Ordinario tiene tres temas, que en realidad son como una transición del uno al otro. Según la explicación que se nos da en la Biblia de Navarra, el evangelio de San Mateo 18, 15-20, recoge tres notas para la vida de la Iglesia: la práctica de la fraternidad, la potestad de los pastores y la oración en común.

Los cristianos, y especialmente los pastores, deben velar por sus hermanos como hizo Cristo, para que ninguno se pierda (cfr Jn 17,12). Con la práctica de la corrección fraterna, se especifica una manera de cooperar a la salvación del hermano que se ha desviado (vv. 15-17). La última solución – tenerlo por “pagano y publicano” (v. 17) – equivale a la excomunión, entendida como recurso final para salvar su alma (cfr 1 Co 5, 4-5). Esta es la explicación teológica de la facultad de teología de Navarra. Veamos un poco el aspecto pastoral y práctico de esta explicación. No se trata de apuntar el dedo a los demás o de mirar la mota del ojo de nuestro hermano, cuando también yo tengo una viga en el mío (cfr. Mt. 7, 4). Cada uno de nosotros debemos de estar dispuestos a recibir corrección fraterna. Es una actitud humilde a la que se nos llama. La palabra profética, la corrección, se orienta a ayudarnos a crecer como personas y como comunidad. Con humildad la escuchamos, la acogemos y tratamos de llevarla a la práctica, es decir, de cambiar nuestras vidas en orden a crecer en nuestra vida cristiana. Incluso cuando la profecía se dirige hacia fuera de la comunidad es también profecía humilde y sanadora porque la comunidad debe también estar consciente de sus propias limitaciones.  En segundo lugar, la corrección no tiene sentido, si no se realiza en un contexto de amor. Lo dice san Pablo en la segunda lectura de este pasado domingo: “el que ama tiene cumplido el resto de la ley” y “amar es cumplir la ley entera” (Cf. Rm 13, 8-10). Profecía o corrección fraterna sólo tienen cabida en el contexto del amor: amor por los hermanos y hermanas, amor por la humanidad, amor por la creación. Un amor siempre compasivo y misericordioso, pero dispuesto a iluminar la vida del hermano con la verdad del Evangelio que libera y sana, y devuelve el corazón a Dios. Si usáramos la profecía o la corrección fraterna contra algo o alguien, para atacar y condenar, entonces no seríamos verdaderos profetas, ni hermanos. Y estaríamos traicionando el espíritu de Jesús.

Veamos la segunda parte de este evangelio. La Tradición de la Iglesia ha entendido estas palabras del Señor (v. 18), “atar y desatar”, en su sentido genuino, como actuando Cristo en la remisión de los pecados: “Las palabras atar y desatar significan aquél a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquél a quien recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1445). Con el tiempo, la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, estableció las formas de celebrar el sacramento de la Penitencia: “La Iglesia ha visto siempre un nexo esencial entre el juicio confiado a los sacerdotes en este Sacramento y la necesidad de que los penitentes manifiesten sus propios pecados, excepto en caso de imposibilidad. Por lo tanto, la confesión completa de los pecados graves, siendo por institución divina parte constitutiva del Sacramento, en modo alguno puede quedar confiada al libre juicio de los Pastores” (Juan Pablo II, Carta Apostólica, Misericordia Dei).

Finalmente, Jesús subraya el valor y el poder de la oración en común (vv. 19-20). La afirmación de Jesús debió de ser, para sus discípulos, reveladora de su carácter divino, pues había una expresión de los maestros de su tiempo que decía que cuando dos hombres se reúnen para ocuparse de las palabras de la Ley, Dios mismo está en medio de ellos. La doctrina de la Iglesia acude a este texto cuando enseña la presencia de Jesucristo en la liturgia: “Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, tanto en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, como, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues, cuanto se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7). Como dije en otro artículo, la oración tiene el poder de cambiar los sucesos inminentes, especialmente, cuando la hacemos como Iglesia, como pueblo de Dios, unidos a nuestros pastores, y cuando se ofrece, de la forma más excelente, en la santa Misa. Miremos a la historia, que da testimonio de ello, una y otra vez. Oremos, pidamos perdón y confiemos en el perdón que Jesucristo nos ofrece por medio de su Iglesia, y, aprendamos a ofrecernos corrección fraterna, siempre movidos por la caridad.

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December 17, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph