¿El fin o el principio?

Por Norma T. Molina

El mes de noviembre tiene la peculiaridad de apuntar hacia el fin de una vida, de un ciclo o de un año, pero también apunta hacia el principio de algo nuevo, y de una vida nueva. Aunque es verdad que todo tiene un principio y un fin, también es verdad, que el fin de algo, lleva al principio de algo nuevo o de una vida nueva. El mes de noviembre nos recuerda, que ya estamos llegando al fin del año regular y también al final del año litúrgico, que concluye con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Pero este fin nos llevará al principio de un nuevo año litúrgico, el cual da inicio con el primer domingo de Adviento. En este año celebraremos la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el domingo, 26 de noviembre, y el primer domingo de Adviento, el 3 de diciembre.

Es por ello, que tiene sentido que la Iglesia celebre en este mes dos fiestas litúrgicas muy importantes: la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos. Estas celebraciones son parte de lo que conocemos en la Iglesia como “la comunión de los santos”. “Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando ´claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es´” (CCE 954).

Celebramos los santos que ya disfrutan de la visión beatífica y que ya gozan de la vida eterna, y, pedimos su intercesión. El Catecismo de la Iglesia Católica (CCE) cita una homilía de Santo Domingo de Guzmán en el numeral 956: “Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad… no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra… Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad”.

La conmemoración de los fieles difuntos responde a una larga tradición de fe en la Iglesia: orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrena y que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, pasan después de su muerte por un proceso de purificación, para obtener la completa hermosura de su alma. La Iglesia llama “Purgatorio” a esa purificación; y para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice: “La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego” (1Cor. 3, 14). Hacemos memoria de un fin, pero también de un principio, la vida eterna, que será para siempre y no tiene fin. “La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones; ´pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados´” (2 Macabeos 12, 45). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor. (CCE 958).

Nos decía San Juan Pablo II: [La solemnidad de Todos los Santos como la conmemoración de los fieles difuntos, son dos celebraciones que recogen en sí, de un modo especial, la fe en la vida eterna. Y aunque estos dos días nos ponen delante de los ojos lo ineludible de la muerte, dan, al mismo tiempo, un testimonio de la vida. El hombre, que según la ley de la naturaleza está “condenado a la muerte”, que vive con la perspectiva de la destrucción de su cuerpo, vive, al mismo tiempo, con la mirada puesta en la vida futura y como llamado a la gloria. La solemnidad de Todos los Santos pone ante los ojos de nuestra fe a todos aquellos que han alcanzado la plenitud de su llamada a la unión con Dios. Por esto la Iglesia, en los primeros días de noviembre, se une de modo particular a su Redentor que, por medio de su muerte y resurrección, nos ha introducido en la realidad misma de esta vida.]

Para concluir, quisiera recordar que todo principio tiene un fin, pero también que el final de algo os lleva a un nuevo comienzo. El fin de la vida terrenal, nos lleva a un principio que no tiene fin. Para los que creemos en Dios y vivimos según su palabra, esperamos la vida eterna, una vida que será gloriosa, resplandeciente y donde la caridad se vive a la plenitud. Vivamos este mes dedicado a los fieles difuntos con gran esperanza en la vida y felicidad eterna, y no dejemos de ofrecer sufragios, es decir, nuestras buenas obras y oraciones por los difuntos. Con ello, podemos ayudar a nuestros seres queridos a conseguir la purificación de sus pecados para poder participar de la plena gloria de Dios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos. Demos gracias a Dios por este gran don que recibimos de la Iglesia, por medio del sacerdocio. Que las almas de los fieles difuntos, descansen en paz, que brille para ellos la luz perpetua, y que los santos del cielo, intercedan por nuestras necesidades e intenciones; todos unidos en la caridad y la oración, en una sola Iglesia.

 

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Monday
December 18, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph