La alegría del Evangelio… ¿La vives?

Por Norma T. Molina

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (EG 1). Con estas palabras inicia la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, sobre la alegría del Evangelio que el Papa Francisco diera a la Iglesia universal hace cuatro años. Y yo me pregunto, ¿Hemos prestado atención a esta Exhortación como Iglesia universal, a nivel diocesano, en nuestras parroquias, en nuestros apostolados? ¿Acaso no me había enterado que existía este documento? El Papa Francisco nos viene invitando, a través de esta Exhortación, desde hace cuatros años a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría del Evangelio e indica en ella, caminos para renovar en nosotros el espíritu de una evangelización misionera.

La Iglesia es misionera desde siempre, desde sus inicios. La palabra “missa” del latín, es decir, “misión”, es la acción de enviar. Jesús envía a sus apóstoles, les da un mandato, no es una opción, es un mandato, y por eso se llaman apóstoles. La palabra “apóstol” significa, “enviado”. Y les dice, “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado” (Mt 28:19-20). Pero este mandato del Señor lleva consigo una condición necesaria: esta condición sine qua non, es decir, condición sin la cual el proyecto podrá llevarse a cabo, es, la de la “alegría”. La alegría de la buena noticia de Jesucristo, no puede faltar en el corazón de la Iglesia y de sus hijos, los cuales están llamados a ser discípulos misioneros. Pero esta alegría se da en el corazón, no solamente cuando hemos tenido un encuentro personal con Jesús, sino también cuando a través de la vida y el cansancio de los años, nos disponemos a hacer de nuestra vida, un renovado encuentro con Jesucristo. Esto es lo que nos dice el Papa Francisco en la Evangelii gaudium: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor” (EG 3).

Somos profundamente amados por Dios y esto debe provocar en el corazón y en la vida una verdadera alegría. ¿Vivo la alegría del Evangelio? ¿Me he encontrado con Jesús? Aunque mi respuesta sea -sí- a estas preguntas, estamos llamados a renovar ese encuentro y esa alegría. Toda la historia de la salvación está marcada por la alegría. La alegría es una constante en las Sagradas Escrituras. “El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría. Bastan algunos ejemplos: “Alégrate”, es el saludo del ángel a María (Lc 1:28). La visita de María a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc 1:41). En su canto María proclama: “Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador” (Lc 1:47). Jesús promete a los discípulos: “Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16:20). E insiste: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría (Jn 16:22). Después ellos, al verlo resucitado, “se alegraron” (Jn 20:20). ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?” (EG 5).

Nos dice el Papa, que abrazar la alegría del Evangelio, no significa que no haya etapas y circunstancias difíciles, y, a veces muy duras en la vida. Tampoco significa estar fuera de la realidad desgastante, triste y terrible que viven tantos de nuestros hermanos en el mundo, y, que están heridos por profundos sufrimientos, sino que, a pesar de estas tristes etapas, y profundos sufrimientos, pidamos a Dios la gracia de dejar que el gozo y la alegría del Evangelio se adapte y se transforme, y siempre permanezca al menos como un brote de luz, que nace de la certeza personal de ser infinitamente amados por Dios, más allá de todo y de toda circunstancia. El ejemplo es claro, en la vida de nuestros antepasados, los profetas y patriarcas del Antiguo Testamento, el ejemplo de Job y de los apóstoles, y la vida de los santos y mártires de la Iglesia. Tuvieron grandes sufrimientos, especialmente por ser testigos del Evangelio, pero su tristeza se cambió en gozo, porque estaban inundados por el amor de Dios.

Estamos llamados a ser discípulos misioneros que llevan la alegría del Evangelio por doquier y San Juan Pablo II nos exhortaba a llevar esta nueva evangelización a todos con un nuevo ardor. La nueva evangelización debe estar encaminada a hacer posible que el hombre y la mujer de esta sociedad secularizada vuelvan a sentir la alegría de la presencia y de la cercanía del amor de Dios en sus vidas. Esta es nuestra tarea y responsabilidad; Jesús nos ha enviado y somos enviados cada vez que concluimos la santa Misa: ite missa est, -vayan, han sido enviados-. Respondamos al llamado y mandato del Señor con la Alegría del Evangelio.

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Monday
December 18, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph