Morir Contento y Agradecido es Vivir

Son muchas las posibilidades que tenemos como seres humanos. De un niño que salta al mundo pueden decirse varias cosas: ¡Será una gran persona! ¡Un buen padre de familia! ¡Un famoso profesional! ¡Un hijo obediente!; todas estas son probabilidades; pero, la gran posibilidad, la más real, la que no podemos cuestionar y eludir es la muerte; de aquel niño, puede afirmarse con total seguridad que va a morir. Cada uno de nosotros tiene que morir su muerte propia y personal, con sus angustias, temores y esperanzas. Aunque ella requiebre nuestra vida y destroce parte o la generalidad de nuestros proyectos, relaciones e ilusiones, cada uno debe preguntarse ¿Qué actitud debemos mantener ante la muerte? ¿No es posible partiendo de la fe en Dios morir una muerte distinta, particular; una muerte humana, demasiado humana, y por ende cristiana?

Cuando un cristiano tiene ante sí, de manera cercana y próxima la muerte, no tiene que apadrinar una actitud dulce, solapada o sacrificada; no tenemos por qué ocultar turbaciones, frenar sentimientos, aparentar desamor o insensibilidad. Jesús no murió con frescura, sin dolores ni quejas, sino entre brutales amarguras y suspirando el abandono de su Padre. No tenemos por qué ocultar nuestros pesares y lamentaciones, espantos y temblores, dudas y rechazos; pero sí confiar que tales sospechas y desazones pueden ser aceptados por Dios. La postura del cristiano ante la muerte pasa a ser actitud ante una muerte convertida, transformada, una muerte a la que se le ha quitado la espina, la fuerza y la fatiga. Así lo confirma Pablo: “Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” 1 Cor 15, 54-55.

Desde la experiencia de la resurrección, la muerte perdió su púa y fortaleza. Desde entonces, los creyentes podemos confiar plenamente en que no hay precipicios humanos, caídas, intranquilidades, miedos y soledades que Dios no pueda englobar y superar, un Dios que no sólo supera la muerte, sino que se adelanta a ella. Desde entonces podemos estar íntimamente seguros de que al morir no desfilamos a la negrura de las tinieblas, al aislamiento del vacío, al sin sentido de la nada, sino a una nueva forma de ser, a la totalidad, a la claridad de un día plenamente diferente y que, para ello, no tenemos que hacer nada, sólo recibir la llamada de Dios y dejarnos acompañar, dejarnos llevar: “Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” Ap. 21,4.

Así las cosas, la muerte tendrá para el hombre que cree, que confía, que espera otra cara. La muerte dejará de ser una potencia bestialmente demoledora, dejará de ser liquidación, y la fría palabra que da carácter de fin a todas nuestras posibilidades. Ya no será el verdugo de nuestra felicidad, ilusiones y tareas. ¡No! La muerte no viene a dar el veredicto final, Dios da el veredicto sobre la muerte y sobre nuestra vida.

Desde este camino es dable experimentar otro tipo de muerte, sobre todo cuando se nos permite un tiempo para morir y ella no nos abraza descuidados. Es posible, apoyados por el arte de los médicos, por los medicamentos necesarios, rodeados y sostenidos por la gente buena morir, no sin sufrimientos, ni desesperación, pero sí, sin miedo a la muerte.

Es dable morir con suave tranquilidad, con positiva seguridad, con ponderada esperanza, con firme alegría y con una sana actitud de agradecimiento con la vida, bella y rica, a pesar de todos los males y tropiezos que encontramos en este mundo. Morir feliz y agradecido, es lo que yo aceptaría como una muerte digna del ser humano, digna del cristianismo. Adoptar tal actitud, sería a mi forma de razonar y sentir la manera correcta de vivir en este mundo saturado por la superstición en los espíritus, el miedo y la idolatrización de la muerte.

 Por Jorge Andrés Moreno, Seminarista de la Diócesis de Kansas City-St. Joseph

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November 19, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph