Al atardecer de la vida…seremos examinados en el amor

Por Norma Molina

Al atardecer de la vida es un canto muy hermoso compuesto por Cesáreo Gabaráin, y muy propio para el cierre del año litúrgico ya que está basado en el texto del evangelio del Juicio Final. En este ciclo A del año litúrgico que estamos por concluir, el pasaje del evangelio prescrito para la solemnidad de Cristo Rey del Universo es la del Juicio Final, el cual encontramos en San Mateo 25, 31-46.

[Jesús presenta con toda su grandiosidad este Juicio Final, que hará entrar a todas las cosas en el orden de la justicia divina. La Tradición cristiana le da el nombre de Juicio Final, para distinguirlo del juicio particular al que cada uno deberá someterse inmediatamente después de la muerte: “Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones.] (Comentario de la Biblia de Navarra).
La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cf. Mt 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). (CCE 678). Es decir, al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor. Esta frase tan profunda y verdadera se le atribuye a San Juan de la Cruz.

Dice la canción, haciendo eco del evangelio, “Si ofrecí mi pan al hambriento, si al sediento di de beber, si mis manos fueron sus manos, si en mi hogar le quise acoger. Si ayudé a los necesitados, si en el pobre he visto al Señor, si los tristes y los enfermos, me encontraron en su dolor”. Nuestro Señor nos preguntará en nuestro encuentro con él, qué buenas obras hicimos por nuestro prójimo, porque he allí la clave del amor. Dice Santa Teresa de Jesús, “Dos cosas nos pide el Señor: amor de Su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar. Y la más cierta señal por la que guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios, no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), no obstante, el amor del prójimo, sí se puede saber”. También nos recuerda, que entre más amemos a nuestros hermanos con nuestros actos concretos de caridad, más grande será nuestro amor a Dios. Miremos el ejemplo de los santos de la Iglesia, cómo fueron reconocidos por su gran amor a Dios, que se tradujo en grandes obras de caridad por el prójimo, por ejemplo, Santa Teresa de Calcuta, y muchos más.

Sí, queridos hermanos, al atardecer de la vida, Dios nos preguntará cuánto hemos amado a los demás, cuánto dimos de nosotros mismos, cuánto superamos nuestro egoísmo y salimos de nuestro egocentrismo para ayudar a los demás, cuánto fuimos capaces de mirar el corazón de la otra persona para entenderla y comprenderla, cuánto explotamos nuestra capacidad de amar que fue dada a cada uno en mayor o menor medida. Y sí, también cuánto di de mis recursos materiales y espirituales, además de mi tiempo, para ayudar a los más necesitados. De aquí la importancia de practicar las obras de misericordia -corporales y espirituales- recomendadas por la Iglesia. Es decir, las dimensiones del amor de Dios se miden por las obras de servicio a los demás. Podríamos añadir, ¿He guardado los mandamientos de la ley de Dios? ¿Cómo he vivido mi fe manifestada en las obras? ¿qué hice por evangelizar al prójimo? ¿A cuántas personas le hablé del amor de Dios? ¿Cómo puse mis dones al servicio de mi parroquia, de la Iglesia? A mí en particular, este pasaje del evangelio me llama a un profundo examen de consciencia, para tomar pasos concretos que me lleven a crecer en el amor de Dios, que está directamente vinculado al amor de mi prójimo y al servicio de la Iglesia. ¿Cómo estoy amando, es decir, ayudando a mi prójimo, en lo material y espiritual? San Juan, el discípulo amado nos presenta este mensaje de Jesús en su evangelio, “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

Mi deseo para todos los hombres y mujeres de este mundo es que vivamos la caridad de tal forma, qué al llegar nuestro juicio particular y el juicio final, resplandezca el triunfo del amor a Dios y al prójimo. Qué siempre, en cada decisión de nuestra vida y de nuestro día, optemos por el amor, uno amor justo, misericordioso y ordenado según Dios, para que seamos “las ovejas” a las que se refiere el pasaje del evangelio; las que Él coloca a su derecha, y que podamos escuchar la vos del Rey, revestido de gloria y majestad que nos dice: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme… En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 34-36, 40). Al final de la vida, es decir, al atardecer de la vida, seremos examinados y juzgados en el amor; el amor que encuentra su definición en el Dios verdadero, justo, misericordioso y que entrega su vida por nosotros, para nuestra salvación y redención. Siguiendo el lema de Madre Adela Galindo, ¡Qué siempre triunfe el Amor!… y sea este el sello final, al atardecer de la vida.

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Monday
December 18, 2017
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph