Si quieres, puedes sanarme

Escrito por Norma T. Molina

En estas semanas del Tiempo Ordinario, hemos estado escuchando algunos pasajes del Evangelio que nos hablan de las curaciones y sanaciones que obraba nuestro Señor Jesucristo, durante su paso por la tierra. Dice el evangelio de San Marcos, que, Jesús “curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios” (Mc 1,34).

En este sexto domingo del Tiempo Ordinario, ya a las puertas del inicio de la Cuaresma, la liturgia de la Iglesia nos presenta la situación de los leprosos en el Antiguo Testamento, narrado en el libro de Levítico, y el Evangelio nos presenta la curación de un leproso.

Leemos en los comentarios bíblicos de la Biblia de Navarra, qué en el Antiguo Testamento, la opinión generalizada era que una enfermedad como la lepra, era un castigo de Dios a la persona que tenía dicha enfermedad, ya sea, por haber cometido un pecado personal o un pecado de sus antepasados. El enfermo era declarado impuro por la Ley y por eso se le obligaba a vivir aislado para no transmitir la impureza a las personas y a las cosas que tocaba (Cf. Nm 5,2; 12, 14). Proféticamente, la desaparición de esta enfermedad se consideraba una de las bendiciones del momento de la llegada del Mesías (cfr. Is 35, 8; Mt 11,5; Lc 7,22). Para ser declarado puro, había que presentarse ante el sacerdote y él tenía que verificar que el enfermo había sido curado y debía proceder con el rito de purificación según la ley mosaica.

Hoy en día, sabemos que la enfermedad y la muerte y todos los males que el ser humano pueda experimentar, tienen su origen en el pecado original. “Aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal”, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica. No obstante, toda la raza humana está sometida a “las consecuencias del pecado original: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada “concupiscencia”)”, (CCE 405). Valga la pena esta aclaración, que podemos encontrar más completa en el Catecismo de la Iglesia Católica.

En los Evangelios aparecen a menudo estos pobres enfermos, de los que Jesús se compadece con frecuencia y les limpia de tan terrible mal, siendo, (como mencioné antes), la curación de los leprosos uno de los signos mesiánicos predichos en el Antiguo Testamento (Mt 11,5). El leproso que nos presenta el Evangelio de San Marcos se acerca a Jesús, “rogándole de rodillas”, y le dice a Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”. Jesús se compadeció de él, extendió la mano, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio. ¡Qué bendición para este hombre! Nos dice la interpretación bíblica, que, “en los gestos y palabras del leproso que pide su curación a Jesús, se percibe su oración, llena de fe, y el entusiasmo tras haber sido sanado. En los gestos y palabras de Jesús, se percibe su misericordia y majestad al curarle: “Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra – lo que es señal de humildad y de vergüenza- para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor”” (S. Beda).

El Señor, con su amor misericordioso, quiere curarnos, sanarnos, limpiarnos y liberarnos completamente; al hombre completo en cuerpo y alma. Sí, la sanación física, es importante, pero no es esencial. Lo más importante y necesario es la curación del alma y eso es lo que debemos anhelar sobre todas las cosas. Al fin y al cabo, la curación física es temporal, pero la sanación del alma nos asegura la vida eterna. Me conmueve mucho este pasaje del evangelio porque hace casi veinte años, yo, igual que este leproso del Evangelio, le pedía al Señor la sanación de mi madre, la cual tenía cáncer de páncreas y le habían dado cinco meses de vida. Le supliqué al Señor, “si quieres, puedes sanarla”. Y Él lo hizo. Y la alegría de toda mi familia y la mía propia, fue grande. Sin embargo, esa sanación fue temporal; nueve años más tarde, volvió a enfermar y nuestro Señor la llamó a su Reino. Lo importante es que, con la sanación física, ella, que ya estaba caminando en la gracia de Dios, también obtuvo la sanación del alma, y estoy segura que ahora goza de la vida eterna. Cualquiera que sea nuestra enfermedad o herida del alma, o física, no dudemos en ir a nuestro Señor con un corazón arrepentido y humilde, y de rodillas, pedirle: “si quieres, Señor, puedes curarme, sanarme, limpiarme y liberarme”. Y Él nos mirará con misericordia. o

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Monday
May 28, 2018
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph