Cuando sea levantado, atraeré a todos hacia mí

Cristo Crucificado – Diego Velázquez, 1632

Por Norma T. Molina

El evangelio de este pasado domingo, quinto domingo de Cuaresma, nos habla de la glorificación de Jesús mediante su crucifixión y muerte. “Unos griegos que habían subido a Jerusalén a adorar a Dios querían ver a Jesús” (cf v. 20). Por lo tanto, “se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y comenzaron a rogarle: – Señor, queremos ver a Jesús” (v. 21). ¿Cuántas veces en nuestra vida, hemos hecho esta pregunta al Señor o cuantas veces hemos deseado ver al Señor? Jesús, queremos verte; Señor, queremos estar contigo; Señor, queremos ver que te manifiestas en medio de nuestra pobreza, en medio de nuestra “nada”, en medio de nuestras dificultades y debilidades; Señor, queremos verte para compartir nuestras alegrías y tristezas contigo, etc.

Y continúa el evangelio: “Vino Felipe y se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús. Jesús les contestó: – Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (vv. 22-25).

Los griegos, representan al mundo gentil. Interesantemente, esta pregunta, viniendo de personas no judías, motiva una res- puesta sorpresiva, y una explicación universal de la misión de Jesús. “Jesús es como una semilla que perece y que, por lo mismo, lleva abundante fruto. Él atrae a todos hacia sí (v. 32). En los vv. 24-25 leemos la aparente paradoja entre la humillación de Cristo y su exaltación. Así “fue conveniente que se manifestara la exaltación de su gloria de tal manera, que estuviera unida a la humildad de su pasión” (S. Agustín) (Explicación de la Biblia de Navarra).

Creo que a nosotros los cristianos todavía a veces nos cuesta entender, cómo es que podemos llegar a ver a Jesús para que nuestra vida se ilumine y de fruto. Todavía muchas veces nos cuesta entender, que es a través de la cruz, que es a través de la muerte, de abo- rrecer la vida en este mundo; que es a través de la muerte del grano, que surgirá el fruto, y que la resurrección y la vida alcanzarán su plenitud, y que esa paradoja, comienza en esta vida temporal. Es desde la cruz, “cuando sea levantado, atraeré a todos hacia mí”, dijo Jesús, donde podremos ver a Jesús plenamente y encontrar la redención. San Pablo nos dice: “Cristo se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, y por eso Dios Padre lo exaltó sobre toda criatura” (cfr Flp 2,8-9). “Esta debe ser una lección para todo cristiano, que ha de ver en todo sufrimiento y contrariedad una participación en la cruz de Cristo que nos redime y nos exalta. Para ser sobrenaturalmente eficaz, debe uno morir a sí mismo, olvidándose por completo de su comodidad y su egoísmo”.

“Jesús, clavado en la cruz, es el supremo signo de contradicción para todos los hombres: quienes le reconocen como Hijo de Dios se salvan; quienes le rechazan se condenan (cfr Jn 3, 18). Cristo crucificado es la manifestación máxima del amor del Padre y de la malicia del pecado que ha costado tan alto precio (cfr Jn 3, 14-16; Rm 8, 32), la señal puesta en alto, prefigurada por la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto. Si al mirar a aquella serpiente quedaban curados los que, por murmurar contra Dios en el éxodo de Egipto, habían sido mordidos por serpientes venenosas (cfr 3, 14; Nm 21, 9), así la fe en Jesucristo elevado en la cruz es salvación para el hombre herido por el pecado” (comentario de la Biblia de Navarra).

San Josémaría Escrivá explica en sus meditaciones del Vía Crucis, que “es tarea del cristiano manifestar la fuerza salvadora de la cruz. La Cruz hay que insertarla también en las entrañas del mundo. Jesús quiere ser levantado en alto, ahí: en el ruido de las fábricas y de los talleres, en el silencio de las bibliotecas, en el fragor de las calles, en la quietud de los campos, en la intimidad de las familias, en las asambleas, en los estadios… Allí donde un cristiano gaste su vida honradamente, debe poner con su amor la Cruz de Cristo, que atrae hacia Sí todas las cosas”. “Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: “Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande, y en lo que parece pequeño, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad! (Es Cristo que pasa, n. 183). En pocas palabras, demos testimonio del nombre de “cristianos” y ese testimonio atraerá a todos hacia Cristo.

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Tuesday
October 16, 2018
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph