¡Cuánta gracia hemos recibido!

Por Norma T. Molina

Pienso en todas las oportunidades que nos da nuestro Señor a través de la Iglesia de recibir tantas gracias espirituales, como dice el evangelista San Juan: “De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia” (Jn 1, 16). ¡Qué rico es el año litúrgico! ¡Cuánto provecho podemos sacarle como individuos, miembros bautizados de la Iglesia y como pueblo de Dios, para llegar a ser santos! ¡Cuántos dones de Dios hemos recibido! Gracias abundantes por medio de los sacramentos y de la vida de oración de la Iglesia, para que nuestras vidas se transformen de tal forma que lleguemos a ser hijos fieles y santos de Dios. Las oportunidades se nos dan día tras días y de manera un poco más intensa, en los tiempos litúrgicos especiales como Cuaresma y Adviento, cuando tratamos de adentrarnos un poco más en la oración, la penitencia y buscar una conversión más profunda. Me pregunto, para hacer mi propio examen de conciencia: ¿Qué he hecho para aprovechar “tanta gracia” al máximo? ¿He vivido el regalo de los tiempos litúrgicos a la plenitud? ¿He buscado más profundamente la conversión en aquellas áreas de mi vida que todavía no termino de someter al señorío de Jesucristo? Probablemente, todos debemos hacernos estas preguntas.

San Maximiliano Kolbe insistía en que “no solo había que hacerlo todo para mayor gloria de Dios, sino para la máxima gloria de Dios”. Muy bien le quedaba su nombre de religioso, al querer enfatizar la palabra “máxima”. ¿Cómo he maximizado yo en mi vida la gracia de Dios? Tremenda responsabilidad y tarea se nos ha dado como cristianos bautizados.

El Catecismo de la Iglesia Católica dedica algunos párrafos a la definición de la palabra “gracia”. “La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios, hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina, de la vida eterna” (CCE 1996). “La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia” (CCE 1997). ¿Nos damos cuenta de este don tan grande? ¡Cuánta gracia hemos recibido! Que regalo y bendición tan grande poder llamar a Dios –“Padre”-, poder participar de la vida divina de Dios, ser llamados a la vida eterna. Todo es gracia, aún el movimiento dentro de nuestros corazones de querer buscar a Dios. “La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia” (CCE 2001).

Nos dice Jesús: “Yo he venido para que tenga vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). A veces nos conformamos con poco, en vez de aspirar a los bienes más altos, los bienes espirituales, la plenitud de la caridad. Dios quiere sanarnos y liberarnos. No quiere que comamos de las migajas que caen en el suelo, sino del banquete que Él mismo nos ha preparado dando su vida por nosotros. “La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla: es la gracia santificante o divinizadora, recibida en el Bautismo” (CCE 1999).

Reflexionemos, queridos hermanos, en lo bendecido que somos al haber recibido la gracia de la salvación. San Pablo nos exhorta a “aspirar por los dones o carismas mejores, al camino más excelente” (cf. 1 Cor 12, 31), refiriéndose a la caridad, la virtud por excelencia.

Hemos recibido tantos dones, de su plenitud hemos recibido tanta gracia; hemos escuchado tantas prédicas, homilías, meditaciones, reflexiones de la palabra de Dios. Hemos recibido una doctrina rica, completa y verdadera por parte de la Iglesia, que sigue anunciando la palabra viva y eficaz del evangelio de Jesucristo a través de los siglos hasta el fin del mundo. Pongámonos manos a la obra a “maximizar” las gracias abundantes que Dios nos ha concedido. Y si en algún momento dudamos que estamos “en gracia de Dios”, acudamos al sacramento de la reconciliación, donde el Señor nos espera con su gran misericordia. No olvidemos la actitud de pobreza pero llena de confianza de santa Juana de Arco cuando sus jueces eclesiásticos le preguntaron, “si ella sabía si estaba en gracia de Dios”. Ella respondió: “si no lo estoy, que Dios me quiera poner en ella; si estoy, que Dios me quiera conservar en ella”.

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Tuesday
October 16, 2018
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph