La devoción al Sagrado Corazón

Por Norma T. Molina

El mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús en la Iglesia universal. Esta solemnidad está íntimamente vinculada con la fiesta del Inmaculado Corazón de María. Ambas fiestas se celebran, viernes y sábado respectivamente, en la semana siguiente al domingo de Corpus Christi.  En el presente año, hemos celebrado estas maravillosas fiestas el 8 y 9 de junio respectivamente. Los Corazones de Jesús y de María están maravillosamente unidos en el tiempo y la eternidad desde el momento de la Encarnación. La Iglesia nos enseña que el modo más seguro de llegar a Jesús es por medio de María. Por eso nos consagramos al Corazón de Jesús por medio del Corazón de María.

La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del cielo. En esta maravillosa fiesta, la liturgia nos presenta el evangelio del Corazón Traspasado de Jesús, tomado de san Juan 19,31-37. Leemos que era la Parasceve, es decir, el día de preparación para la Pascua. “Y, para que no quedaran los cuerpos en la cruz el sábado de la Pascua, los judíos rogaron a Pilato que les rompieran las piernas y los retirasen” (v. 31). “Vinieron los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con él. Pero cuando llegaron a Jesús, al verle ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza. Y al instante brotó sangre y agua” (vv. 32-34). En la víspera de la Pascua se inmolaban oficialmente en el Templo los corderos pascuales a los que, según la Ley, no se podía romper ningún hueso (cfr Ex 12,46). La referencia a la Parasceve y el hecho de que no le quebraran las piernas a Jesús (v. 33) subraya que Cristo es el verdadero Cordero Pascual que quita el pecado del mundo. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, de todos los sacramentos, y de la misma Iglesia. “Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la vida que es verdadera vida (…). Este segundo Adán se durmió en la cruz para que de allí le fuese formada una esposa que salió del costado del que dormía. ¡Oh muerte que da vida a los muertos! ¿Qué cosa más pura que esta sangre? ¿Qué herida más saludable que ésta?” (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 120,2), (Comentario Biblia de Navarra).

La devoción al Sagrado Corazón está por encima de otras devociones porque veneramos al mismo Corazón de Dios. Pero fue Jesús mismo quien, el 17 de junio de 1675, en Paray-le-Monial, Francia, solicitó, a través de santa Margarita María de Alacoque, una humilde religiosa, que se estableciera definitiva y específicamente la devoción a su Sacratísimo Corazón. Nuestro Señor se apareció a santa Margarita y le mostró su Corazón; estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz. Santa Margarita escuchó al Señor decir: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”. Con estas palabras, el Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a su Sagrado Corazón. La devoción en sí está dirigida a la persona de Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón. Dos, pues, son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía. (Tomado de la edición del mes de junio del Magnificat).

El Corazón de Jesús es la respuesta a los anhelos de todos y cada uno de los hombres. En él se nos hace presente ese amor infinito que buscamos ansiosamente. Pidamos al Señor que seamos ardientes amantes de su Corazón traspasado de donde fluye sangre y agua, fuente de vida y misericordia para nosotros pecadores. Pidamos ser ardientes reparadores de su corazón, entregándole nuestro amor y la disponibilidad de todo nuestro ser, pensamientos y obras para nuestro bien, el bien de la Iglesia, y de la humanidad.

Tags: 

Friday
December 14, 2018
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph