Ora, ten fe, confía… y Dios actuará

Por Norma T. Molina

He estado pensando en un evangelio que nos ha propuesto la liturgia de la Iglesia en las últimas dos semanas, y es, el evangelio de la resurrección de la hija de Jairo y la curación de la hemorroísa. Este pasaje que se presenta juntamente lo encontramos en los tres evangelios sinópticos (Mt 9, 18-26; Mc 5, 21-42; Lc 8, 40-55), con ciertas similitudes y diferencias, según lo presenta cada evangelista.

La explicación que nos propone la Biblia de Navarra refi-riéndose al pasaje de san Marcos nos dice: “En la descripción de estos dos milagros, Marcos deja notar su gusto por los detalles que evocan recuerdos muy precisos. Pero, al mismo tiempo, cada una de las cosas que relata está orientada a subrayar algunas enseñanzas a sus lectores: el alcance y el valor de la fe en Jesús, y nuestro encuentro personal con Él”. Es decir, Dios quiere obrar en nuestra vida, en la vida del hombre que Él mismo ha creado, en la historia de la humanidad. No obstante, ese deseo de Dios requiere la respuesta del hombre, el deseo que Él mismo pone en nuestro corazón de acercarnos a Él, el tener fe en Él y un encuentro personal con Él, que nos lleve a una profunda amistad con el mismo Dios.

Y continúa: “La hemorroísa padecía una enfermedad por la que incurría en impureza legal (cfr Lv 15,25). El evangelista señala con rasgos vivos su situa-ción desesperada y su audacia para tocar las vestiduras de Jesús. Realizada ya la curación, Jesús provoca el diálogo por el que hace patente a todos que la causa de la curación no hay que buscarla en una especie de sortilegio, sino en la fe de la hemorroísa y en el poder que emana de Él: “Ella toca, la muchedumbre oprime. ¿Qué significa “tocó” sino que creyó?” (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 26,3). La mujer pensó, “con que toque su ropa, me curaré” (v. 28). Es decir, tuvo fe, tuvo confianza y esperó por medio de su deseo y oración en que el Señor obraría el milagro de sanación que ella necesitaba. Y así fue. El Señor respondió y le dijo amorosamente, “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu dolencia” (v. 34).

“La historia de Jairo muestra también la fe del jefe de la sinagoga que, alentado por Jesús, vence las dificultades que van surgiendo. Su hija está a punto de morir y por eso pasa por encima de su posición social y ruega a Jesús que vaya a curarla (vv. 22-23). Después de esto, por dos veces (vv. 36. 40), ante la noticia de la muerte y las burlas, Jesús conforta su fe con palabras o con gestos. Finalmente, la fe de Jairo se ve recompensada con la resurrección de su hija”. (Comentario – Biblia de Navarra).

Este pasaje evangélico intercalado con un milagro de sanación física y un milagro de resurrección de la muerte comprueban que Dios responde a la petición, la oración, y la fe de aquellos que acuden a ÉL. Tal vez no siempre la respuesta de nuestras oraciones será en la curación o resurrección física; a lo mejor hay una necesidad más inmediata – la sanación del alma o la conversión de un ser querido-, obviamente Dios todo lo puede, pero también cuenta con los anhelos del corazón humano. Lo cierto es que “Dios nuestro Señor pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar” (S. Agustín, Epistolae 130,16-17). Dios conoce lo que necesitamos en nuestra vida temporal y espiritual, pero quiere que nos acerquemos a Él y entablemos esa relación de amor y amistad con Él.

En contraste, san Marcos nos presenta inmediatamente después de la narración de estos milagros, los milagros que Jesús no pudo hacer porque encontró poca fe en su tierra. Estos pa-sajes resaltan la importancia de la fe, la oración y la confianza en nuestro Señor. Queremos ver a Dios obrar en nuestra vida, entreguémonos a Él con gran confianza, con gran fe y arraigados en la oración. Entonces veremos milagros. Hagamos de nuestra vida esa constante jaculatoria que nos enseñó santa María Faustina Kowalska, “Jesús, en ti confío”.

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Monday
December 17, 2018
Newspaper of the Diocese of Kansas City ~ St. Joseph